Tras el protagonismo de Cristina

Si el país llega a evitar el default, será en última instancia por decisión de los acreedores, que día tras día alargan la cuerda con la que nos podrían ahorcar, pero sólo unos centímetros hasta la próxima urgencia. Este mensaje en el fondo contemporizador de los acreedores se ha cruzado en los titulares de los diarios con el mensaje épico de Cristina, que dice de manera rotunda, a quienes quieran escucharlo, que los buitres no pasarán.


Por Mariano Grondona | LA NACION

El conflicto en torno al default argentino se ha nutrido así con dos lenguajes incompatibles: el lenguaje calculado de los "buitres", que lo único que quieren es cobrar, y el lenguaje exaltado de la Presidenta, que aspira por su parte a conmover a la audiencia. Si los acreedores se salen con la suya, finalmente cobrarán. Si Cristina impone su criterio, finalmente, pague o no pague, podría quedar como la heroína del drama del default.
El gobierno argentino, ¿es un mal pagador? Los buenos pagadores pagan y punto. Los malos pagadores quizá también paguen, pero para hacerlo dan mil vueltas hasta que consiguen el segundo objetivo que también está en sus planes: quedar como los "buenos" de la película. Por razones culturales que vienen de lejos, el acreedor es visto como un usurero, como un abusador, en tanto que el deudor asume el papel de la víctima inocente que suscita la simpatía de la audiencia.
El problema de la Presidenta es que pretende expresar estos dos lenguajes simultáneamente. Querría pagar, pero también quiere promover la simpatía de la audiencia por el hecho de que no quiere pagar, sino bajo sus propias condiciones. De que quiere pagar "dignamente". Su dilema no es pagar o no pagar, sino, si tiene que pagar, hacerlo en cierto modo bajo protesta, en resguardo de su propia imagen.
La retórica de Cristina busca recorrer un término medio, porque de un lado no querría el conflicto abierto del no cumplimiento que significaría no pagar, pero del otro lado tampoco querría pagar mansamente, como si fuera un deudor complaciente. Este dilema de Cristina se le presenta, por otra parte, hacia el final de su mandato. A cargo de un poder declinante cuando termina su gestión, Cristina en cierta forma aspira a "terminar bien". Pero ¿qué significaría para ella "terminar bien"? ¿Irse para poder volver? ¿Designar un sucesor? Estas dos alternativas no le están, por ahora, disponibles.
Aquí se advierte una falla en nuestro sistema político. En un país "normal", habría un proceso interno a través del cual los partidos del gobierno y de la oposición elegirían a sus candidatos, entre los cuales el pueblo designaría finalmente al sucesor. Pero el nuestro no es, en este sentido, un país "normal", desde el momento en que Cristina pretendió un poder sin plazos. Su sucesión, así, es el símbolo del fracaso de su proyecto continuista; un proyecto autoritario, no republicano.
Lo que debería venir ahora, finalmente, es un sistema verdaderamente republicano. Es decir, la puja entre varios partidos, ninguno de los cuales tendría la pretensión ni la posibilidad que tuvo Cristina de monopolizar el poder. El país se encuentra así entre dos extremos. De un lado, una presidenta declinante que, si tuvo todo el poder, ya no podrá retenerlo, y del otro, una suerte de vacío entre sus presuntos sucesores.
Alguna vez Ortega y Gasset dijo: "¡Qué no diera por un sistema!". Lo que los argentinos necesitamos ahora no es tanto que alguien obtenga el poder después de Cristina, sino un sistema de poder que pueda perpetuarse a través del tiempo a partir de la sustitución de Cristina. ¿Cómo podríamos llegar a esta meta?
Tenemos dos modelos. Desde el Acuerdo de San Nicolás hasta 1930, tuvimos un sistema que a todos cobijaba. A partir de 1930, civiles o militares, peronistas o antiperonistas, uno tras otro quisieron cortarse solos y uno tras otro fracasaron. El sistema poskirchnerista será republicano o no será.
Pongámonos ahora, imaginariamente, en el papel de los sucesores de Cristina. Si continúan la ambición excluyente que ella albergó, no tendremos salida. Si deciden, en cambio, competir y convivir a lo largo del tiempo, tendremos sistema. Ninguno de ellos podrá pretender el monopolio. Todos ellos se beneficiarán, a su debido tiempo, de la rotación. Es lo que hacen los países civilizados.
A la Argentina se le ha creado, por lo visto, una gran oportunidad. Ser un país "normal" de pausados giros y rotaciones, sin esa aspiración al monopolio que tuvieron los Kirchner y que muere, al parecer, con Cristina. Sin los residuos monárquicos del militarismo o de los Kirchner, ¿amanecerá, al fin, una auténtica república? Cuando la forjemos, todo lo demás, político y económico, vendrá por añadidura.

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